11 de abril de 2011

NO LO CUENTO

Era una soleada mañana de domingo de primavera en la cafetería del Bar que frecuentas en Barcelona. En una mesa, tú y ella. En la otra, una servidora, acompañada. Todas las demás mesas estaban llenas. Tú no me viste, y yo a ti, demasiado. A ti y a ella; fingiendo felicidad, una felicidad ficticia. Podía haberme dirigido a ti y saludarte, o besarte. Pero no quise, preferí estar observándos un rato. Me encanta mirar, analizar a las personas, ver que llevan, como se mueven, que dicen. No se me escapó ningún detalle. Ahora, días después, podría dibujaros, con todo detalle la situación. Grabé en mi memoria 24 imágenes por segundo, como en el cine, de vosotros. Tu pelo, tu chaqueta, las gafas de sol, los zapatos, sus pantalones, su móvil, su anillo... evidentemente nada me gustó de ella, absolutamente nada. Seria raro que le hubiese encontrado alguna gracia. Le vi una sonrisa falsa, que ya intuía hacia mucho tiempo, y un querer ser vista proporcionalmente inverso al tuyo. A pesar de mis reticencias, mi acompañante quiso que nos marchásemos. Cuando nos levantamos de la mesa, no pude por menos que elucubrar mentalmente qué harías tu si me vieras. Me fui, contenta, segura. Un poco más que siempre. Esta soleada mañana de domingo de primavera en la cafetería del Bar que frecuentas en Barcelona, sin tu saberlo me perdiste. Yo no perdí nada, tú perdiste más. Yo no te había tenido, tú a mi sí.